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Un viernes cualquiera

El viernes pasado estaba acostado en mi cama. Eran, aproximadamente, las 11 de la noche cuando sonó mi celular. Me costó trabajo entender lo que me decían, pues había un chingo de ruido. Tuve que pedirle muy amablemente lo siguiente: Bájale a la música, cabrón. No se te entiende ni madres. Después de que le bajaron a la música, descubrí que era mi cuate el Vicco.

—Qué pedo, güerita —me dicen güera desde que iba a la prepa— ¿Dónde habías estado, mamón? Te has perdido de un chingo de cosas.

—Quiuvas, putita, qué milagro. No me he ido a ningún lado, pero ya casi no salgo. Estoy entrando a la escuela a las siete de la mañana y saliendo a las nueve de la noche.

—Pinche matado.

—Para de mamar, putita. Lo que pasa es que están bien culeros los horarios y, pues, no me quedó de otra.

—Al rato platicamos. Ya salte, güey. Ya estoy afuera de tu casa.

—No mames. Ya estoy acostado.

—Pues ya levántate y vístete. Te arreglas porque vamos a una fiesta.

—Va, pero aguántame. Voy a bañarme rápido.

—No te tardes, que aún vamos a pasar por unas chavas.

—Ya voy. Relájate.

Después de unos 15 minutos salí a buscarlo y descubrí que también estaba el Burrito en la camioneta. Después de saludarnos, nos fuimos directo a recoger a las chavas. Al llegar por ellas, me di cuenta que la fiesta iba a ser en serio. Eran seis y traían un chingo de alcohol.

Resulta que de las chavas dos son cubanas, una es mexicana y las otras son dominicanas, pero están viviendo aquí en México, pues están estudiando en el Tec Milenio, en el campus que está cerca del metro Ferrería. Están becadas por jugar voleibol.

Fue todo un caos llegar a la casa donde era la fiesta. Nadie sabía bien la dirección. Tuvimos que estar llamando al de la casa para preguntarle cómo llegar. Después de llegar, descubrimos que la fiesta era familiar. Después de discutirlo un rato, decidimos irnos a la casa del Vicco.

Nada podía salir mal. Éramos tres hombres, seis mujeres y un chingo de alcohol. Al llegar a la casa, lo primero que hicimos fue empezar con los caballitos de tequila. No recuerdo bien, en qué momento comenzamos a jugar botella. Al poco tiempo ya no girábamos la botella, ya poníamos los castigos directos.

No quiero contarles todos los demás detalles, pues son privados. Pero he de confesarles que fue una de las mejores “fiestas” en las que he estado.

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