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Continuación

La fiesta había dejado de ser en la sala. Estábamos en el cuarto de visitas, pues se encuentra hasta el tercer piso y ahí casi nunca suben los papás del Vicco. En el cuarto existe un tapanco, que está sostenido con las paredes, pero justo en el centro tiene un tubo que ayuda a cargar el peso del piso falso. El tubo, en situaciones como esta, se ha convertido en uno de nuestros mejores aliados.

Algunas de las chavas se querían ir, pues tenían entrenamiento al otro día y no querían faltar por miedo a que les quitaran el bono de asistencia. Resulta que solo las cubanas y la mexicana se iban a quedar en la pachanga y como yo estaba con una de las dominicanas, pues tuve que ir a dejarlas. Una de las cubanas quiso acompañarme, para que no me regresara solo. El camino a su departamento fue bastante rápido, no tardamos más de 10 minutos en dejarlas. Al ir con rumbo a la casa donde era la “fiesta”, Yovana (la cubanita) me preguntó si no quería comer.

—La verdad no tengo mucha hambre, pero sí me como unos tacuches —contesté.

—Y no se te antoja mejor una torta… mmm… ¿cubana?

¿Qué? No sabía si en realidad me había dicho eso o yo lo estaba imaginando. Por mi mente pasaron una infinidad de posibles respuestas, de esas, que solo se aprenden gracias a la sabia literatura de Las maestras del colchón. Por un momento me sentí actor de Deep Throat.

¡Mierda! ¿Qué le digo? No quiero escucharme así todo depravado. Que tal que solo es un cuatro para ponerme en ridículo al llegar a la casa, pero por otro lado, creo que valdría la pena arriesgarme.

—Pero esas tortas están muy alejadas ¿no? —Creo que con esa contestación no me escuché mal.

—No te preocupes. Ellas se pueden acercar un poquito para que no te queden muy lejos.

Mientras decía eso se movió un poco de su asiento para quedar pegadita a mí. No pude resistir más. Orillé la camioneta y nos dimos un tremendo atascón. Después de un rato llegamos a mi casa, pues quedaba más cerca que la del Vicco. Al entrar le dije que me esperara un poco para marcarle a mi cuate y explicarle el por qué ya no íbamos a regresar a su casa y decirle, también, que le llevaría su camioneta hasta el otro día. No hubo ningún problema, así que lo único en lo que tenía que enfocarme era en Yovanita.

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